Todo lo que debes saber sobre las grasas

Grasas. Sólo con leer o escuchar esta palabra puede que muchos de vosotros sintáis cierto rechazo. Las grasas tienen una connotación negativa ya que su consumo se suele asociar automáticamente al aumento de peso y a la obesidad. ¿Es justo que las pobres grasas carguen con esa fama?

Las grasas: el cajón desastre

Las grasas son una etiqueta bajo la que se engloba un montón de moléculas muy distintas entre sí. La American Heart Association las clasifica en tres tipos: las buenas, las feas y las malas.

La grasa buena

Corresponde a los ácidos grasos monoinsaturados y poliinsaturados.

Los poliinsaturados más célebres son los que provienen del pescado azul como el omega 3. También contienen ácidos grasos poliinsaturados los aceites que provienen de semillas como el aceite de girasol y los frutos secos. Pero ¡ojo con los frutos secos! El consumo de almendras, nueces, o anacardos es muy recomendable pero siempre en su forma natural. Si eres fan de los cacahuetes salados recubiertos de miel, debes saber que no me referimos a ellos.

En cuanto a los monoinsaturados, no cabe duda de que el rey indiscutible en nuestro país es el aceite de oliva. También rica en ácidos grasos monoinsaturados es una fruta que suele consumirse como si de una hortaliza se tratase: el aguacate. El aguacate está de moda y ¡bienvenido sea!

¿Por qué son buenos estos ácidos grasos? Porque no solo disminuyen los niveles de colesterol malo sino que además reducen el riesgo de infarto y enfermedad coronaria.

 

La grasa mala

Corresponde a los ácidos grasos saturados. Se encuentran principalmente en la carne grasa, en la piel del pollo (qué casualidad, justo lo más rico…), en los lácteos, en la mantequilla y en los aceites tropicales. De los lácteos hablaremos ahora, porque tienen su miga.

¿Por qué son malos? Porque aumentan los niveles de colesterol malo, disminuyen los niveles de colesterol bueno y además aumentan el riesgo de infarto y enfermedad coronaria.

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La grasa fea

La fea, la más fea de todas, se encuentra en los ácidos grasos trans. Son grasas artificiales fabricadas a través de hidrogenación de los aceites. ¿Por qué se fabrican si son tan malas? Por una razón muy simple y predecible: son muy versátiles en la industria y muy rentables desde el punto de vista económico (desde el de la salud, no tanto).

La llamada grasa fea se encuentra en productos procesados tales como la bollería industrial, las galletas, la comida rápida, los precocinados, los snacks… Es decir, en todos aquellos productos que triunfan principalmente entre los niños y los adolescentes. Pero aún hay más: la grasa fea incluso puede encontrarse en la comida casera si la elaboramos a partir de ingredientes como la margarina.

¿Por qué son feas? Porque además de todos los efectos negativos de las grasas saturadas, su consumo está relacionado con un aumento de los niveles de diabetes tipo II. No son dignos de entrar en nuestro carrito de la compra ni en nuestra nevera. ¡Y mucho menos en nuestro estómago!

 

¿Qué hay de nuevo con respecto a las grasas?

Hasta hace relativamente poco la clasificación de grasas buenas, malas y feas parecía contentar a todo el mundo. Sin embargo, hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad y parece que hay novedades que debemos tener en cuenta.70---Grasas-3-cita1

Al parecer, al igual que no todas las grasas son iguales (como hemos visto, los ácidos grasos monoinsaturados son más saludables que las grasas trans), es posible que los ácidos grasos saturados (es decir, los malos) tampoco sean todos iguales.

Según algunos estudios, existirían ácidos grasos saturados con mayor potencial dañino que otros en función del número de átomos de carbono que contenga y del alimento que lo incluya en su composición. ¿Esto qué quiere decir? Pues que los ácidos grasos saturados de los lácteos podrían ser “menos malos” de lo que pensábamos. Habrá que esperar saber más.

 

Y entonces, ¿qué hacemos?

Hasta que no haya evidencia clara de cómo de malos son realmente los ácidos grasos saturados, el mejor consejo es la prudencia en su consumo. No es necesario eliminarlos radicalmente de la dieta pero sí es conveniente que hagamos el esfuerzo de sustituirlos siempre que nos sea posible por los buenos, cuyos beneficios son claros.

Esto quiere decir que una tostada de aceite de oliva con tomate es infinitamente mejor que una de mantequilla con mermelada y que un puñado de nueces a media mañana será mejor tentempié que unas galletitas saladas.

Con respecto a los ácidos grasos trans, sí que no hay lugar para las medias tintas: muerte y destrucción. Mientras esperamos que las prohíban (en EEUU ya están en ello), no les demos cabida en nuestra cesta de la compra. ¡No nos merecen!

Marián García

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