Emociones y comida

Comer es un placer, y como placer, puede producir cierta adicción. En un estudio realizado con ratas de laboratorio, en el que se les daba a elegir entre un líquido azucarado y cocaína, éstas preferían el líquido azucarado. ¿Existe una adicción al azúcar?

Sistema de recompensa

Las personas contamos con un sistema cerebral de recompensa, que se activa cuando realizamos actividades placenteras: hacer ejercicio, comer, tener relaciones sexuales, fumar o consumir otro tipo de drogas. La dopamina, que es el neurotransmisor que se libera en este circuito de recompensa, nos hace sentir eufóricos y felices. Es un sistema ideado para asegurar la evolución del hombre. Cuando comes te sientes bien y vuelves a comer, y así, sobrevives. Cuando mantienes relaciones sexuales las disfrutas y quieres más, así conseguimos tener descendencia y que la especie no se extinga.

El sistema de recompensa está ideado desde el principio de la humanidad. Lo que no esperábamos es que fuésemos a elaborar comida tan poco saludable, como la bollería, los snacks o los refrescos; que producen un bucle de obesidad y mala alimentación.

Comer no soluciona los problemas

Es por la felicidad que nos aporta la comida, que muchas personas se refugian en ella para calmar su ansiedad, su frustración, la pena o el miedo. El problema es que la comida en estos términos actúa como un parche. Porque comer por ansiedad no elimina el estrés, genera una calma momentánea que se convertirá en culpa. Seguirás teniendo un problema inicial, al que se sumarás el sentimiento de culpabilidad por haber comido grasa y azúcar, por no poder controlar tu peso, por verte en baja forma, por no tener control sobre ti mismo o por sentir que no estás cuidando algo tan preciado como tu cuerpo.

Es importante aprender a gestionar tus emociones para que no tengas que calmarlas con la comida. De forma casi instintiva, sueles llegar a casa y despotricar contra el mundo: “tengo un jefe que no puedo con él”, “el tráfico de esta ciudad es insoportable”, “no hay nada ordenado cuando llego a casa, por más que les digo a mis hijos que recojan, me tienen como una sirvienta”, “¿es que siempre tengo que hacerlo todo yo, no podrías haber ido tú a la compra?”, etc. Entonces, acudes a la cocina para buscar consuelo.

Sin pensar si tienes hambre, abres la nevera y picas el chorizo que sobró de ayer, una galleta que los niños dejaron en el plato después de la merienda o te abres una cerveza y coges alguna patatilla. Lo comes sin hambre, sigues enfadada, no solucionas el problema y ahora; te sientes peor.

¿Cómo debo actuar?

Antes de asaltar la despensa, coge papel y lápiz y dale nombre a lo que sientes.

‘Me siento triste, frustrado, nervioso’. Ponerle nombre nos permite saber qué está pasando dentro de nosotros. Y también darnos cuenta de que no es hambre, sino una emoción que busca soluciones, no que la alimentes.

Ahora contesta.

¿Qué te está generando esta emoción? ¿Qué tipo de problemas tienes? Escríbelo. Pueden ser problemas que ahora tengan solución, o no. Ponerlo por escrito nos libera. Escribir es un acto que relaja y ordena.

Piensa en posibles soluciones a lo que has escrito, tanto inmediatas como futuras.

La solución no es comer. Comer te dará calma unos minutos, pero no será la solución a tu frustración. Igual necesitas tener una conversación con tus hijos, ponerles límites, poner música en el coche para que no te desespere el tráfico, hablar con tu jefe, pedir perdón a alguien, divorciarte, etc. Es el momento de centrarte en el estrés y actuar.

Si tu problema no tiene solución, busca una actividad que pueda hacerte sentir bien.

Salir a pasear, correr, dibujar, jugar con el móvil, llamar a alguien, ver una serie, leer, hacerte un té, ordenar cajones, escuchar música… Cualquiera de estas actividades produce placer y no engorda. Se trata de contar con una actividad alternativa que evite comer sin sentido o comer sin hambre.

Aplica la regla de los cinco minutos.

Aunque pienses que te apetece mucho comer dulce, y que si no lo haces sufrirás un ataque de ansiedad mayor, debes saber que las emociones se comportan como una ola: crecen, crecen, alcanzan su máximo y poco a poco se desvanecen. Si esperas cinco minutos, verás como el ansia por comer pierde fuerza. No te prohibas comer, solo espera.

Muchas veces basta con entender por qué hacemos algo para poder empezar a frenarlo. Tú puedes, no tengo ninguna duda.

Patrícia Ramírez

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